"Si busco una fórmula práctica para definir la época de antes de la Primera Guerra Mundial, la época en que crecí y me crié, confío en haber encontrado la más concisa al decir que fue la edad de oro de la seguridad. (...) Todo el mundo sabía cuánto tenía o cuánto le correspondía, qué le estaba permitido y qué prohibido. Todo tenía su norma, su medida y su peso determinados. Quien poseía una fortuna podía calcular exactamente el interés que le produciría al año; el funcionario o el militar, por su lado, con toda seguridad podían encontrar en el calendario el año en que ascendería o se jubilaría. Cada familia tenía un presupuesto fijo, sabía cuánto tenía que gastar en vivienda y comida. (...) Nada cambiaría en el bien calculado orden".

Cierro las memorias de Stefan Zweig y cierro los ojos. Imagino el mundo de ayer, anterior a la Primera Guerra Mundial, un mundo de orden y seguridad. Las únicas transgresiones son las chicas que bailan el cancán y escandalizan la moral victoriana.
El cabaret no solo había nacido para combinar música, danza y canción, sino para alterar con sus bailes y pantomimas el orden burgués. Una de las más famosas fue, seguramente, la pantomima lésbica Rêve d’Égypte (Sueño de Egipto), protagonizada por la actriz Colette, y por la Marquesa de Morny, arqueóloga. El espectáculo se presentó en el Moulin Rouge en 1907. Estaba previsto hacer diez representaciones, pero sólo pudo hacerse la primera.
La policía amenazó con cerrar el local.



Autores como Joseph Roth añoran los tiempos cuando
el entretenimiento no estaba uniformizado. Roth no comprende que ya todo es industria. La Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industriales de
1925 es el fin del viejo mundo añorado por el escritor centroeuropeo. Es la consagración de la arquitectura funcional de Le Corbusier, el principio de la Bauhaus,
el diseño geométrico de las joyas de Cartier, el estilo oriental en la ropa de Coco Chanel que ha sabido aprovechar el impacto suscitado por el descubrimiento de la Tumba de Tutankamon. En el imaginario de Roth

la noche no había creado aún el tipo estándar de noctámbulo que respiraba el mismo humo perfumado de los cigarrillos de lujo y bebía el mismo cóctel en vasos abombados, según recetas internacionales. Berlín, París, Marsella y El Cairo aún no se habían sometido al prototipo de la orquesta instalada en una esquina, mientras las parejas ejecutaban con indiferencia el espectáculo de bailes de salón y los dueños de los locales se daban vueltas por las mesas y saludaban con la cabeza porque, en realidad, los bares pertenecían a alguien, no a sociedades anónimas. El olvido de La Gran Guerra se llevaría el relato de las mujeres narradoras, acorazadas en sus corsés, con sus faldas largas y su pelo largo recogido en lo alto. Las bailarinas de piernas rechonchas cosidas al revoltijo de enaguas de ballet dejarían paso a bailarinas esbeltas como cañas y el público, antaño compuesto por mujeres de carne y hueso, sería sustituido por el prototipo de mujer vestida de hombre, con el pelo peinado hacia atrás, espaldas anchas y caderas apretadas, pantalones holgados y botines puntiagudos de charol. Es el signo de los tiempos. Josephine Baker y el Charlestón serán el símbolo de un ritmo y una época caracterizada por la despreocupación. Definitivamente, la burguesía ha enterrado la memoria de la guerra y se entrega a la belleza del Art Decó.



El cabaret llegó a Alemania en 1901, aproximadamente veinte años después de su comienzo en Francia, y le llevó dos décadas encontrar su estilo. La eliminación de la censura y la inestabilidad de los años de entreguerras propiciaron el ambiente adecuado para que la gente pudiera ir al cabaret, tomarse una cerveza, echar unas risas y criticar al Estado sin sentir que estaban socavando la imagen de Alemania. El cabaret pasó a ser una poderosa fuerza cultural, intelectual y política en la República de Weimar que apagó el ambiente de los pequeños cafés, la única voz no sofocada por la férrea censura del Káiser Guillermo II. En los años 30 la diversión deja de ser un negocio y se convierte en una industria.





El circo y el cabaret eran dos mundos llamados a entenderse. Ambos representan la pujanza de un espectáculo que combina lo trágico, lo cómico, lo exótico y lo voluptuoso. Si Josephine Baker estrenó su espectáculo en París sólo ataviada con un cinturón formado por plátanos, las caballistas y las trapecistas se embuten en sus ajustadas mallas con el fin de realzar sus formas femeninas. Todo el mundo iba al circo para vivir la alegría que le faltaba en su vida cotidiana, para conocer nuevos mundos o para asombrarse con acrobacias nunca vistas. Mirar era admirable.

Yo abro los ojos y me detengo en una fotografía de un periódico. Reproduce el gesto de desesperación de una joven funcionaria griega en el alféizar de una ventana. Junto a ella, otra mujer intenta disuadirla. En el cristal, rebotan las palabras premonitorias de Stefan Zweig anunciando el fin de un período de estabilidad, el inicio de una nueva edad de hierro, la crisis de la idea de progreso. Mientras, el cabaret circo vuelve a levantar su mundo de ilusión, el verdadero paraíso de este mundo.

Texto de: LUIS MARGÜENDA