Cuando terminó la película “Lawrence de Arabia” (David Lean, 1962), no me di cuenta. Tras más de tres horas disfrutando de esa mezcla épico-lírica de cine de espacios abiertos, sentado en el sofá hecho a mi medida con el paso del tiempo, seguí con mi vida oblicua, aburrida y tranquila como un lagarto en el camino. Entonces caí.

Ni una sola mujer. Ni un solo papel relevante, ni siquiera secundario, para ellas. Apenas alguna mujer árabe que se mueve en el fondo de la pantalla. Y sin embargo la obra no nos sorprende por eso. Si viésemos una película de tres horas sólo con mujeres nos sorprendería. De hecho, no existen esas películas sin hombres. Enseguida darían a la protagonista un compañero al que seguir, perseguir, celar o enamorar.

Es difícil encontrar películas donde no se alimente la dependencia emocional de las mujeres, la búsqueda eterna de la media naranja para dar un significado (ahora sí) a su existencia. Para darle un valor. Un sentido.

Uno de los géneros que más ha triunfado en Hollywood es el de superhéroes. Taquilla segura. Hombres que disponen de poderes especiales (supervelocidad, capacidad de volar, rayos X en los ojos...), pero el cine le ha guardado a la mujer un superpoder especial: la invisibilidad.

En el género de terror son las víctimas, casi siempre pasivas. Y aquí hay que hacer el inciso de que también a los hombres nos colocan el estereotipo, el mandato de género: nosotros somos los asesinos psicópatas.

Estos papeles se observan, por ejemplo, en “Perros de Paja” (Sam Peckinpah, 1971), donde el marido, aparentemente débil y enfermizo, mata (papel activo) a la mayoría de los vecinos (activos) que acechan su casa y violan a su mujer (pasiva incluso en la violación). Y eso que hablamos de un personaje femenino de la época hippie, al que se le presume cierta liberación, criterio e iniciativa.

En las bélicas y westerns, de las mujeres ni noticia, apenas una mirada perdida de una mujer granjera en estado de viudedad reciente tras el paso de una partida de mejicanos polvorientos o indios insurrectos contra el poder blanco.

En las de cine negro y espías son las “femme fatale”, las mata-hari, pero casi siempre en papel secundario.

En las comedias de adolescentes son apenas un cuerpo, más concretamente son zonas específicas del organismo humano femenino. Son un pecho, una nalga, un muslo. Carne de supermercado al mejor postor. El mismo papel que tienen las mujeres en otro género, la pornografía.

Para buscar un papel más relevante de las mujeres en el cine habría que ver las películas que más repudia este servidor (junto a las comedias de adolescentes), que son las comedias románticas, donde aparecen mujeres perfectamente independientes, liberadas desde el punto de vista sexual, con una cultura cosmopolita, algo estresadas, bellas sin molestar, simpáticas sin agobiar, con una agenda apretada y algún enamorado que les da la tabarra y al que ellas obvian de forma entrañable.

Mujeres independientes, inteligentes, autosuficientes... pero no del todo. Enseguida aparece la necesidad, a veces no sentida, a veces no expresada, del “amor de mi vida”. Y ahí está George Clooney, Kevin Costner o Brad Pitt para dar sentido a la vida de la frágil fémina que, otrora independiente, se torna ahora como un pajarillo asustadizo que busca el cobijo en el protector regazo masculino.

Muy similar es el género del drama, donde representan, al igual que en las comedias románticas, a mujeres que pueden ser perfectamente autosuficientes y acaban sintiendo una necesidad de emparejarse aunque sea con el mayor gañán de Central Park o el pijo mejor pagado de sí mismo de la Quinta Avenida. El amor, ay el amor, parece que les dice al oído que no serán naranja entera hasta que metan en su casa y en su vida al trípode triunfal, al adolescente eterno, al Peter Pan cervecero.

Y para ello está el cine Disney. Una Blancanieves que llega a una casa que no conoce ¡¡y se pone a limpiar!! Pero si ella es dos veces más alta que los enanitos ¿por qué no trabaja ella en la mina? ¿No rendirá más si es más fuerte?

En “La bella y la bestia” (Disney, 1991) es interesante percatarse de que en el título aparece el personaje femenino antes que el masculino, algo poco habitual, pero es la historia de la justificación de la violencia de género. El amor cambiará al maltratador y lo convertirá en un príncipe azul, un tema tan repetido como dramático en miles de casas de todo el mundo.

La búsqueda de la pareja masculina como fin último de la existencia femenina se comprueba muy bien en “La bella durmiente” (Walt Disney, 1959). Nos presenta a una niña-mujer que no necesita ningún talento especial para atraer al enamorado. No precisa ser inteligente, ni simpática, ni tener empatía... tan sólo ser guapa. De hecho, ¡¡ni siquiera necesita estar viva!! Siendo hermosa, el galante príncipe la rescatará de su sueño eterno (otra vez rescatando a las mujeres, ¡qué fijación!) y la llevará con él a comer perdices.

Aquí vemos otra unión con un género, esta vez televisivo, las telenovelas, que terminan con el matrimonio tenazmente buscado por la chica. Pero hasta ahí. Nunca sabremos cómo les fue la vida de casados.

La influencia de los cuentos infantiles en el cine es más que evidente. Veamos por ejemplo “Pretty Woman” (Garry Marshall, 1990), donde el príncipe Richard Gere rescata a la pobrecilla Cenicienta de su submundo. Repárese en la presentación de los personajes en la película. Si no recuerdo mal, a él se le enfocan las manos para ver posteriormente su impecable talle encorbatado. A ella, sin embargo, la vemos en la bañera. Un cuerpo para el pecado. De hecho, la traducción del título es Mujer Bonita. Para qué más cualidades.

Es interesante en este caso tener en cuenta lo que en cine se denomina identificación primaria y secundaria. Vemos lo que la cámara nos expone. Nada más. Si la cámara me enseña el escote espectacular de Anita Ekberg en la Dolce Vita (Federico Fellini, 1960) el interés de la cámara-espectador es ese, no tiene porqué ser su alegría o su tristeza. Esa es la identificación primaria, la que se realiza entre la mirada de la cámara y la del espectador/a.

La secundaria es la identificación directa y personal con el personaje. Primero nos identificamos con el personaje y después, inconscientemente, justificamos sus acciones o sus palabras. Así, nos identificamos a veces con personajes repudiables, o sencillamente con ladrones, al ver que está a punto de llegar la policía y aún no han abandonado la casa que están limpiando.

Si en el 95% de las películas el personaje principal es masculino, nos identificaremos con él, independientemente del sexo de la persona que ve la película. Si tiene problemas, discusiones, agravios o enfrentamientos con personajes femeninos, le daremos inconscientemente nuestro apoyo y desearemos que le vaya lo mejor posible. Esto hace que las espectadoras abandonen su propia identificación como mujeres y sigan al personaje masculino.

Cuando el héroe rescata a la mujer y trata de huir de los bandidos, la mujer, herida, tropieza y va despacio, lo que entorpece la huida y hace que el hombre, todo gallardía, vuelva sobre sus pasos para rescatarla, arriesgando su propia vida. La identificación hace que entronicemos al hombre y repudiemos a la víctima, por torpe e inútil. Esta identificación, ya digo, ocurre también con las espectadoras.

Todo el mundo se siente identificado con el grupo de policías encabezado por Michael Douglas mientras intentan atisbar en la entrepierna de Sharon Stone en “Instinto Básico” (Paul Verhoeven, 1990). Ella es el objeto. Él, nuestra mirada.

Y es que la gran mayoría de las películas son, siento decirlo, malas, con personajes unidimensionales. Y son éstas las películas que ven la mayoría de las personas. Y eso que me gustan la mayoría de las películas que cito en este artículo.

Sin embargo, cuando nos presentan personajes más contradictorios, por ejemplo, en “Un tranvía llamado Deseo” (Elia Kazan, 1951) la identificación/justificación es más compleja, pues son personajes con más aristas, más reales.

El hecho de que en el cine se les reserven papeles secundarios y pasivos a las mujeres no tiene que ver con la calidad de las películas, sino con la realidad de nuestra sociedad. Si las mujeres no tienen un papel representativo en la sociedad, es difícil que lo tengan en el cine. Abran cualquier periódico en cualquier bar y cuenten las fotografías en las que aparecen mujeres, y en qué secciones.

Cuando vemos películas dirigidas por mujeres, independientemente de su calidad cinematográfica, sus personajes femeninos tienen un trasfondo real, ¡pero también los personajes masculinos!

Me gustó ver el desnudo integral y nada sexi de Harvey Keytel en “El piano” (1993) de la directora Jane Campion, presentando un cuerpo masculino mucho más real que los cuerpos femeninos presentados por directores de cine.

Cuando llegó el cine del destape español se dijo que era un cine libre, donde se podía enseñar el cuerpo sin problemas. Sí, era un cine de destape... de las mujeres. Los hombres que salían semidesnudos eran para mofa del vulgo (ese Fernando Esteso, dios mío).

Porque reírse abiertamente de los hombres es una prueba de la consolidación del patriarcado. Desde “El gordo y el flaco” hasta Jerry Lewis, desde el landismo hasta Homer Simpson, desde “Abbott y Costello” hasta los personajes masculinos de “Los Serrano”, todas esas comedias sólo pueden ser posibles si las protagonizan los hombres, pues el patriarcado se ríe de sí mismo sin problemas y lo acepta perfectamente siempre que sea una mofa directa. Es su consolidación. Se respeta a la minoría, a la rareza, a lo colonizado.

Pero, contrariamente a lo que nos dice el cine, las mujeres no pertenecen exclusivamente al mundo onírico, sensible, poético y cursi. Creo, humildemente, que este estereotipo se suele cumplir al revés, siendo ellas más prácticas y, por lo tanto, más lógicas.

Nosotros, adolescentes eternos, gritamos en el fútbol, discutimos en los bares, miramos a las jóvenes sin reparo... y todo eso se plasma en el cine.

No soy de los que odian el cine comercial, ni de los que exigen que el cine sea socialmente comprometido. No estoy en contra de los efectos especiales, ni contra las comedias ligeras, ni siquiera en contra del humor de sal gorda o el terror de casquería, pero es evidente que el trato que el cine ha dado a las mujeres ha sido abiertamente injusto, y han sido tratadas como si fuesen un grupo, una minoría, una rareza o, lo que es peor, un medio, un instrumento, un agujero.

Y leyendo las estadísticas resulta que son (sois), más o menos, la mitad de la población.

Texto de: JOAQUÍN SACHEZ