Mirabas hacia atrás, con esos ojos de pueblo antiguo, mientras huías de mí (el único que escapó con vida), por un mar plagado de dolores y azules. Temías que le contara al mundo lo que en  realidad eras. Fue entonces cuando sentiste el remordimiento de los condenados. Corrías sin lágrimas, con los puños cerrados, en una noche extraña sin tu trofeo. Intentaste tapar el cielo silencioso con tus dedos largos como juncos, te avergonzaba el fracaso, pero las estrellas no se someten, seguían observándote, y eso te enfurecía.

Te fue fácil encontrar a tu próxima víctima en el exilio.
Con un bostezo de brumas caían a tus pies los hombres como mariposas sin alas. Perfeccionaste tus guiños, redondeaste tus curvas, enterraste ombligos en los pliegues de tu perfume. Y te mirabas en el espejo con un brillo de invulnerabilidad. –Ya nadie podía tocarte de piel para adentro–.

Pasó el tiempo, tachaste primaveras, y no llegaste a aprender los principios de la humildad, pero seguías mirando al cielo con tu infatigable rencor. Todas las tardes permanecías junto a la chimenea de hierro negro y piedra de tu cabaña en las afueras, recolectando calor con tu cuerpo de sombra. Sólo Dios sabe a quién calcinarías en la próxima noche.

Te aferrabas a tus artes oscuras, pero cada vez te era más difícil seducir nuevos incautos. Pensabas que el odio y la sangre te conservarían incorrupta. Nena, más hermosa era Helena de Troya, y al final tuvo que pagarle dos monedas de plata al barquero.

Y de pronto una noche no te dejaba dormir tu asunto pendiente, el pájaro que se te escapó. Cada ocaso agujereabas tus juguetes de carne y hueso... tus sábanas. Ninguno tenía mis manos, y por lo tanto nadie se resistía como yo. Pero eran ellos los que sufrían tu frustración y el impávido acero.

Ahora mírate, una grieta se filtra por la línea de tus ojos árabes. Los gatos te rondan.
En tu frente se dibuja una vida llena de pecados. Has vuelto, y me cuentas que te han hecho daño, mucho daño. Ríes y me abrazas, me suplicas que te perdone. Me desnudas lentamente y me ruegas que te absuelva. Me pides que crea que nunca dejaste de amarme, lloras para que te exima de culpa.

Y yo te juro que aunque me desates, y apartes el cuchillo de mi garganta, nada puedo hacer ya por ti, ni por mí. Pues pienso, “
¿cuántas veces puedo escapar con vida de ti?” La primera vez tuve suerte, y ésta segunda descubro para mi asombro, que me fijo más en el movimiento de tu pelo, que en el arma que blandes contra mí. Y si hubiera una tercera, acercaría con gusto tu mano con el cuchillo a mi cuello, sólo por oler el perfume de tu muñeca.

Creo que necesito ayuda.


Texto de: IVÁN SÁNCHEZ
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