El viajero viene de regreso. Ha tomado un taxi en el aeropuerto que lo deja en la estación de Atocha de Madrid. El tren tardará todavía más de dos horas en salir. Sale a pasear, por hacer tiempo. Al pasar por una de las calles que desembocan en el Paseo de las Delicias ve un grupo de tres negros, sin duda inmigrantes, que están bajo unos soportales. Uno de ellos está tendido en el suelo, arropado por una manta mugrienta y rodeado de algunos cachivaches de plástico sucio. Los otros dos miran de pie hacia la nada.

El viajero gira instintivamente la cabeza y aparta de allí su mirada. ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?, piensa. Si el viajero fuera un gato, un antílope o un mono, hubiera posado su mirada sobre la escena sin pestañear y sin que se le hubieran removido las entrañas. Pero el viajero es un ser humano y tiene conciencia. Se ha hecho humano en una cultura, la nuestra, cristiana, que dice que todos somos hijos de un mismo Dios Padre y por tanto hermanos –el antílope, el gato y el mono también, hermano Francisco; pero de otra manera–; o si se prefiere la versión secularizada, en una cultura ilustrada, que grita liberté, egalité y fraternité, que grita proletarios del mundo uníos. El viajero, por ser hombre, es decir, por ser culto, no está, como el mono, el gato y el antílope, acoplado al mundo, integrado en él: lo lee y, al leerlo, es interpelado por él. Y por esa misma condición humana, entiende que él no tiene la respuesta. 

Nuestra cultura es un edificio monumental de textos de toda índole: libros, catedrales, periódicos, series televisivas, estadios, anuncios publicitarios, estatuas, pinturas, piezas musicales, jaculatorias, fórmulas matemáticas, mítines, noticias... Incluso lo que todavía no ha llegado a ser texto y emerge sin soporte en el instante efímero, es leído, como hace el viajero, a través de los textos que retiene nuestra retina, resuenan en nuestros oídos, se acumulan en nuestra memoria. Leemos el texto del mundo con las lentes de otros textos en nuestra mirada lectora. Todos ellos presentan una estructura superficial y otra profunda; todos dicen algo, y al decirlo, algo queda también sin decir. En lo manifestado del mundo, está también lo no manifestado: fenómeno y noúmeno, orden explicado y orden implicado, ciencia y conciencia, mundo pensado y mundo de vida, historia e intrahistoria, conducta y arquetipos, superestructura e infraestructura, consciente e inconsciente, presencia y misterio.

No accedemos directamente al mundo, sino a una representación. No vemos el mundo, lo leemos en los textos que lo representan y lo hacen visible, ordenado y comprensible. Y al leerlo, orientamos también nuestras acciones sobre él, para que sean congruentes, razonables, éticas. Congruentes, es decir, conformes a la lectura que hacemos del mundo; razonables, según los límites que impone la realidad fáctica; y éticas, de manera libre y responsable en función de las circunstancias y los circunstantes de la realidad acordada.

A veces, casualmente o de manera intencionada, se juntan dos textos y este juntarse ilumina a ambos y consecuentemente el mundo adquiere de pronto una mayor transparencia. Así le ocurre al viajero. Cuando vuelve su vista hacia el otro lado de la calle donde están los inmigrantes negros bajo los soportales, se topa con un cartel publicitario pegado en un kiosco con este eslogan: Compartimos la misma ilusión todos los días. “Qué crueldad, qué sarcasmo”, piensa inmediatamente el viajero, trasladando el peso de la responsabilidad al sistema, a los otros, a “nuestra cultura”. Los textos publicitarios son así, usan y abusan con total cinismo de los valores tradicionalmente asumidos: ¿quién puede negarse a compartir, aunque sean sus ilusiones?

Pero los textos no viven aislados; se relacionan entre sí por asociación o contraste, se autorrefieren unos a los otros, se ordenan jerárquicamente, se recuerdan o se olvidan, se refuerzan, se oponen, se reescriben, son refutados o reescritos, traducidos, interpretados, actualizados, aprehendidos, comprendidos, secuestrados y liberados, entregados y recibidos como un tesoro en herencia. Y hay algunos textos del edificio cultural que ostentan una representación canónica o fundacional: equivalen a los planos y cimientos; son al mismo tiempo edificados y edificantes. A ellos y a la experiencia vivida hemos de referirnos siempre para verificar la propiedad, adecuación, coherencia, relevancia y sentido de nuestras lecturas. Porque si no es como si no leyéramos: un agujero en el agua.

Resulta que leer bien el mundo, como leer bien en general, no puede hacerse de manera precipitada, salvo si se trata de la guía telefónica. Leer no es pulsar el disparador de la cámara fotográfica o recibir los impactos de un videoclip; hay que interpretar, traducir, aprehender, comprender, actualizar. Y para ello hay que cotejar textos y contextos, pasado y presente, memoria y experiencia. Tal vez por eso al viajero, que está rumiando el impacto que ha recibido de su doble mirada, a derecha y a izquierda, de los dos textos recién leídos, le viene a la memoria uno de esos textos fundacionales, del Sermón del Monte de los evangelios, que dice: “Dichosos los que eligen ser pobres” (Mateo, 5,3). La traducción –de Juan Mateos Sj– de este texto fundacional de nuestra cultura dice “dichosos”, no dice “bienaventurados”, porque, ¿de dónde acá es una suerte que a uno le toque ser pobre? Y no dice “los pobres de espíritu”, sino los pobres a secas, los pobres de verdad. Y dice, y esto es lo más importante, “los que eligen ser pobres”. Y estos, los que eligen la pobreza como forma de vida, los que renuncian a ser ricos, son los dichosos, son los felices.

Y entonces, al reunir este texto fundacional con los otros que acaba de leer, el viajero comprende de pronto el mensaje, la chispa que ha producido el choque entre el texto del cartel publicitario con la escena bajo los soportales. Porque el cartel publicitario, por esas ironías que produce el santo inconsciente humano, resulta que lleva sin saberlo toda la razón del mundo: tanto los que vienen de allá, el África subsahariana, buscando ser ricos aquí, como los que vivimos aquí deseando serlo también con toda nuestra alma y todo nuestro corazón, compartimos, en efecto, la misma ilusión todos los días.

El mundo es seguramente uno y el mismo y los seres humanos pertenecemos todos a una misma especie, distinta de los antílopes, los gatos y los monos. Pero las lecturas que hacemos del mundo, si bien tienen un fondo común, son muchas y diversas. Por eso Lotman no dice “la cultura”, sino “nuestra cultura”. Y hoy esta cultura, la nuestra, si nos fijamos bien y la leemos sin prejuicios, vemos que se parece mucho a la Torre de Babel. El relato bíblico, ya lo conocemos; menos conocidas son estas palabras de Confucio que vienen aquí también como de molde: Cuando las palabras no son correctas, entonces lo que dicen no es lo que se piensa; y los asuntos no se llevan a cabo como conviene. No llevando bien a cabo los asuntos, entonces no dan fruto la moral ni el arte. Cuando la moral y el arte no dan fruto, entonces la justicia no cumple su misión. Cuando la justicia no cumple su misión, entonces el pueblo no sabe dónde ha de poner ni los pies ni las manos. Por tanto: no permitas ninguna arbitrariedad con las palabras.

Nuestra cultura es Babel: un edificio lleno de confusión que se hace cada vez menos seguro, menos acogedor, pues las palabras, en su arbitrariedad, dejan las respuestas siempre para otro, se hacen irresponsables. A la memoria del viajero acude una vieja fórmula talmúdica: Todos en Israel son responsables los unos de los otros.


Texto de: BENITO ESTRELLA