Hoy la vuelta a casa es diferente. No por lo que tengo en mi cabeza, ya que la hago pensando en mi familia con bastante desagrado (como de costumbre, parece que lo único que saben es criticarme por cualquier cosa), sino porque al llegar al portal encuentro algo inesperado: un diminuto perrito, negro y tan pequeño que podría parecer un cachorro, aunque por otra parte tiene rasgos de adulto. Lo levanto en brazos, extrañado, y él se deja coger, obediente. No parece asustado, aunque tampoco se muestra juguetón o cariñoso como sería lo lógico. Se limita a mirarme, sin hacer nada más.

No puede ser de los vecinos, ya que están de viaje, y tampoco entiendo cómo ha podido llegar al interior del portal, que estaba cerrado con llave. Ni siquiera sé qué dirán en mi familia si les digo que me lo quiero quedar. Es demasiado pequeño para dejarle solo, y de alguna manera parece como si nos conociéramos de antes. La verdad, no creo que en casa me entiendan si se lo intento explicar. No suelen hacerlo con mis opiniones, y mucho menos con mis problemas. Y lo peor no es que no me comprendan, sino que ni siquiera se esfuerzan lo más mínimo en procurar entenderme. Mientras pienso en esto lo tengo en brazos y le acaricio maquinalmente, de modo que noto que se me va cansando el brazo. Lo sopeso un par de veces, y compruebo que no es tan diminuto como me había parecido. Lo dejo en el suelo de nuevo y subo un par de escalones. Aunque no le resulta fácil me sigue de inmediato, y se para delante de la puerta, como si ya supiera dónde vivo.

En casa intento explicar mi hallazgo y la extraña sensación que me ha producido, pero no lo consigo. No es algo raro. En bastantes ocasiones mis explicaciones terminan en discusiones, y a veces parece como si mis razones buscaran más el enfrentamiento que convencerles.

Como era de esperar el animal no es bienvenido, especialmente porque será el segundo en la casa (ya tenemos una perrita, Betty), pero al final llegamos a un acuerdo y quedamos en que será mi perro y, por lo tanto, yo deberé cuidarlo y hacerme cargo de él.

No es raro que grandes voces se alternen con períodos de distancia y poca comunicación, y las semanas siguientes son, por tanto, de silencio no exento de rencor. Parece que el clima creado no afecta al animal, ya que va creciendo a ojos vista. Por otro lado sólo acepta mi compañía, lo que me complace un tanto, como si me diera la razón (que sé que tengo), y vive prácticamente recluido en mi habitación. Para hacerlo más extraño, él y la perrita de la familia se ignoran por completo, parece como si ni siquiera notaran su existencia.

Cuando me enfado y me encierro en mi cuarto él se tumba junto a mí, pero su presencia, que antes parecía animarme, ahora ya no me calma, sino que hace que me sienta aún más incómodo conmigo mismo, con mi familia y con todo lo que me ocurre. Cuando le miro nunca me parece que sonría. Tampoco podría decir que su mirada sea triste, ni furiosa, simplemente es fría y dura. Desasosegante de tan inexpresiva.

Harto ya de su compañía, que lo único que consigue es que me sienta peor, decido salir una tarde dejándole encerrado. Me apetece dar una vuelta con los amigos: relajarme, hablar y reírme un buen rato. Al volver, horas después, mi familia me dice que le han oído, furioso, gruñendo y rugiendo en el interior de la habitación, hasta el punto de que no se han atrevido a abrir la puerta. Cuando la abro está sentado en el borde de la cama. No me mira, y en el suelo están, destrozados, los álbumes de fotos familiares que tenía en la estantería.

Escondo los restos por miedo de que los vean en casa, y decido volver a encerrarle. Esto se hace más necesario aún porque, aunque parezca imposible, ha seguido creciendo, con una velocidad tal que es ya más grande incluso que un pastor alemán. Durante las siguientes semanas se queda tranquilamente acostado hasta que vuelvo del instituto, como si aceptara que he de cumplir con mis tareas, pero el resto de mi tiempo debo pasarlo con él, lo que me obliga a no salir de mi cuarto, y eso me incomoda cada vez más.

Por fin, decido salir de casa y dejarle solo, por supuesto bien encerrado y quitando los objetos más delicados de su alcance. Cuando salgo me mira, con esos grandes ojos, opacos e inexpresivos, que estan empezando a darme miedo, como si supiera exactamente lo que pienso. No sé por qué razón decido bajar además a nuestra perrita, dejándole a él ahí.

Como de costumbre, a la vuelta debo pasar por el garaje, para subir un par de garrafas de agua. Pocas cosas me molestan más que estos encargos. Parece que sea imposible hacer un viaje sin recibir alguno ¿Es que siempre tienen que aprovechar que me he levantado o ando por ahí para pedirme que “ya que estoy de pie les traiga tal o cual cosa?

Al salir del garaje, con las garrafas en las manos, un hombre baja corriendo por las escaleras del edificio como si la vida le fuera en ello y me grita: –¡ese perro es un asesino, hay que huir!

Me asomo al portal (vivimos en el primer piso) y, en efecto, escucho gritos de terror. Y un gruñido sordo que me llena de estupor: parece como si viniera de la boca del mismísimo infierno y, desde luego, no viene de un perro con un tamaño como el que dejé, aunque ya era considerable. Debe haber vuelto a crecer, y quién sabe el que puede haber alcanzado.

Me da miedo subir por las escaleras, pero al fin me decido a hacerlo. La puerta está entreabierta, y nada se escucha ya dentro. Sólo veo un par de manchas de sangre en las primeras baldosas. En ese momento oigo el gorgotear de una monstruosa respiración tras la puerta, de modo que agarro el pomo, la cierro con violencia y corro escaleras abajo.

No sé lo que hacer. Ni siquiera sé dónde he puesto las llaves, aunque después de palparme todos los bolsillos me doy cuenta de que las tengo colgando de la mano. Decido volver al garaje, donde me refugio tras las gruesas planchas de hierro del portalón.

Aún no me he conseguido librar de mi estupor, cuando viene trotando Betty. Claro, yo la saqué antes a pasear y no subió conmigo las escaleras, como si adivinara algo. Entonces escucho dos personas conversando en la calle. Sin que yo intente hacer nada para advertirles, entran en el portal y suben escaleras arriba. Estoy bloqueado por el miedo, y no tengo la valentía de salir y detenerles. Saber que me falta valor cuando hay que tenerlo es casi más terrible que el miedo.

Lo siguiente que escucho es, de nuevo, la misma respiracion, inmensa e infernal, al otro lado de las puertas cerradas. Es él. Sabe que estoy aquí, y comienza a arañarlas, haciéndome sentir su presencia, para que salga. No me atrevo a hacerlo, y entonces siento aumentar su furia. Se pone de pie contra las puertas, y empieza a empujarlas con las patas. Las pesadas hojas se bambolean bajo su peso, con terrible estruendo. Conforme golpea, su ira parece que aumenta aún más su tamaño y sus fuerzas, y aunque parezca imposible las gruesas planchas de hierro comienzan a combarse. Finalmente una de las bisagras empieza a ceder, y por el hueco puedo sentir el calor de su respiración. Puedo ver incluso uno de sus ojos, aún más opaco e inexpresivo que antes.

En ese momento me doy cuenta de lo que está haciendo Betty. Asustadiza como es, debería estar gimiendo a mis pies, buscando protección tras de mí. Sin embargo está gimiendo en un rincón, pero se ha ido apartando de donde estoy, como si yo también le inspirara rechazo. La llamo pero no acude, ni siquiera levanta la cabeza. Es entonces cuando decido abrir las puertas. El perro entra lentamente, sin mirarme a la cara, pese a que podría hacerlo con facilidad ya que su tamaño ha aumentado tanto que sus ojos están ya a la misma altura de los míos.

El instante más duro es cuando, por fin, me mira. Nada, ni la más mínima expresión, me dice qué va a hacer a continuación conmigo. Se queda detenido durante unos instantes, que se me hacen eternos, y, para mi sorpresa, se tiende a mis pies, como si mi presencia le hubiese calmado y ya no tuviera razones para la furia.

Entonces se hace la luz en mi interior. Comprendo que este animal se alimenta de mi propia ira, de mi odio, de mi desprecio, de mi soberbia. Por esa razón Betty me rehuyó cuando debería haber buscado refugio en mí, porque era de mí de quien salía lo que le asustaba.

Ahora lo sé: aquel animal era simplemente ese monstruo, y no tan pequeño, que algunos llevamos en nuestro interior.

Texto de: JOSÉ M. RODRÍGUEZ GIMENO
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