Ilustraciones de: B. TULLA


Qué hija de puta. Seguro que ya se ha tirado a todos los tíos del pueblo. Bien ha procurado darse a conocer. Hace solo un mes que llegó y parece que ha nacido aquí. Con esas confianzas que se trae con todos no me extraña que ande como Pedro por su casa en el parque, en el supermercado, en el bar. Y lo peor es que algunas bobas ni se han enterado de su nueva condición de cornudas. La caribeña sabe bien cómo usar sus armas seductoras para engatusar a los hombres y llevarse bien con las mujeres. Esa sonrisa de dientes impecables y ese acento de telenovela le hacen la vida muy fácil a esa furcia.

Rober no sabe que me he enterado de su infidelidad y menos aun se imagina que yo le he pagado con la misma moneda.

Esa hija de perra me siguió al atardecer cuando salí a pasear. Yo no me di cuenta hasta pasado un rato mientras caminaba por el bulevar que lleva a la salida del pueblo. Escuché su respiración y giré mi vista atrás para ver quién era. Ahí estaba ella, con su piel morena y sus jodidos hermosos ojos clavados en mí. Caminaba sin prisas, cruzando mucho sus pasos, como lo hacen las modelos, recreándose en la sombra que el sol caído sobre el horizonte proyectaba delante de ella. Vestía una camiseta negra ajustada, unos shorts vaqueros que dejaban al descubierto unas piernas larguísimas y unas de esas zapatillas camperas de esparto con bastante cuña. Me saludó de forma amigable y avanzó unos pasos rápidos para caminar junto a mí. Comenzó a hablarme de cosas banales. No sé qué pasó ni cómo pasó pero me vi envuelta en una situación que era completamente nueva para mí. Nos habíamos salido del camino y nos habíamos adentrado entre los arbustos y matojos que difuminan los límites del pueblo, esa zona que se mezcla con el inicio de la carretera que lleva hasta una pequeña aldea a cinco kilómetros de allí. Parecía increíble. La muy zorra me había seducido y yo había caído en sus redes como una adolescente, o peor aun, como cualquiera de los cerdos e infieles hombres del pueblo, esos entre los que se encontraba mi novio, y el novio de Rosa, y el de Laura y el de Sara. Mientras, yo estaba allí, bajo el cobijo de un árbol, tirada como un animal y disfrutando más que nunca, dejándome hacer… No me extraña que todos babeen por ella; es una auténtica tigresa y sabe cómo dar placer.

Después del éxtasis que experimenté con su brillante actuación, nos quedamos exhaustas sobre los hierbajos secos, tras los matorrales, escondidas de los pocos coches que transitaban por la carretera.

Estaba oscureciendo. Le dije que tenía que marcharme a casa. Ella se quedó allí. Y yo agradecí que lo hiciera, así no nos verían entrar en el pueblo juntas. Cuando ya había recorrido un buen tramo, eché la vista atrás y vi su silueta a bastante distancia en la larga carretera por la que nos habíamos encontrado horas antes.

Casi podría decir que me da igual que mi novio se tire a otra mujer. Lo que me molestaría realmente es que pudiera hacerlo de nuevo con ella. No lo soportaría. La quiero para mí.

Texto de: MARÍA CARVAJAL