Río,
me dolías en los ojos
y en el vientre.
Si hablabas,
nacía un silencio.
Si callabas,
el eco agrandaba tu canto.

El territorio es continuo mas los paisajes son fragmentos de él, divisiones generadas y decididas artificialmente.
De hecho el paisaje nunca puede separarse de
aquel que lo “construye” y ni de quien, al contemplarlo,
lo “reconstruye”.

En un mundo y en un siglo en el que las distancias se
han acortado increíblemente, cada vez es más largo y difícil para el individuo encontrarse a sí mismo.
Resulta más cómodo, fácil y rápido viajar al otro lado
del `planeta que replegarse hacia sí, entrar en uno
mismo y escuchar su propio silencio.

Ante esto, el pensamiento nómada supone una búsqueda de ese rincón silencioso en el que cada uno implantó sus raíces. Los viajes geofísicos no son más que excusas que nos propician tiempos extra-ordinarios y contextos a-típicos a los que el individuo puede dominar en su día a día. Estas “rupturas” con lo cotidiano precipitan al individuo a momentos en los que se encuentra, a solas, consigo mismo. Algo que para otras generaciones fue tan natural, ahora nos supone un esfuerzo que no siempre nuestro moderno modo de vida logra salvar.

En este caminar, el individuo se tiene sólo a sí. Es su único compañero y se ve obligado a escucharse, a convivir consigo, a replegarse hacia lo más profundo de sí. En este conocerse a sí mismo también conoce el resto. Sumido en ese silencio propio será capaz de redescubrir lo universal que se cobija en el detalle más ínfimo y minúsculo, y podrá reinventar lugares, paisajes, “pedazos de vivencias en rincones”, amparados por cimientos poéticos que tienen en la MIRADA su herramienta más potente. Así, el paisaje deja de ser un mero espacio físico y se convierte en un lugar imaginario, ideal, pleno de sensaciones experimentadas en un “caminar con la mirada”. No es lo que está sino lo que vemos.
Un cuerpo inmóvil se limita a sí mismo; caminando,
el cuerpo se pone en movimiento, se expande,
se vuelve parte del todo y se integra en lo que, instantes antes, le rodeaba.

Caminar transforma y nos adecua para poder mirar las cosas, los paisajes, desde dentro. En tu paisaje, si te miras detrás de ti, te ves de frente.

El “civilizado” atraviesa el territorio en busca de nuevos territorios que atravesar, que abrir, que consumir... El nómada camina el territorio, anda el espacio y en él acampa. En su entorno se busca. El “civilizado” atraviesa territorios, el nómada conoce territorios.

El Arte debe esforzarse en configurar y preservar “espacios de resistencia” que nos sirvan para afrontar las brechas que la cultura de masas ha abierto en el escaso suelo que queda virgen.

Texto e ilustraciones de:
FCO. ÁLVAREZ IZQUIERDO