Ilustración de:  B. TULLA
Me enteré sin que nadie me lo contara. Cuando pasé por tu calle y vi las persianas subidas. Te molestaba tanto la luz… Aún conservaba la llave que me diste. Nunca supe por qué la acepté. Jamás la había utilizado. Ignoro por qué subí. Acaso porque me seguían quemando mis continuos rechazos. Ignoro por qué abrí la puerta. Acaso porque vi las persianas subidas. No sé por qué encendí las luces. Quizás porque me ardía la llave en el bolsillo. Te molestaba tanto la luz…

Allí, de pie. En silencio. Observé la persistente crueldad de los objetos. Su quietud macabra y retadora. Los muebles. Como albergando el alma de quienes los manipularon. Tus libros. Recordándome tu no-presencia. El polvo en los estantes. Guardando la oquedad de tus manos. La doblez de las fotografías. Dibujando el contorno de tu no-cuerpo. Los objetos sujetan a los espíritus.

Sobre tu mesa, un libro sin título. Al abrirlo, un poema con tu letra. Firme y clara:

Cuando yo ya no esté
vendrás. A mi casa.
Y ya no estaré
pero vendrás. Sabré
que te haces cargo
de mis muebles
                         mis libros
                                         el polvo en los estantes. La doblez
de las fotografías.
Y habitarás mi ausencia.
Y al fin serás
                     también
                                  un poco mía.


No sé por qué bajé las persianas. Cerré la puerta. Apagué las luces. Y me senté en tu cama.

Te molestaba tanto la luz…


Texto de: MARINO GONZÁLEZ MONTERO
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