Cuestionario

Cuando le preguntaron qué libro se llevaría a un isla desierta pensó que a los periodistas se les había agotado del todo la imaginación, y si, a pesar de ser un ateo redomado, respondió con sonrisa sarcástica, «La Biblia, que es muy gorda», fue nada más que por salir del paso, pero cuando, después de amordazarlo, maniatarlo, meterlo a empujones en la furgoneta, subirlo pateando al helicóptero y arrojarlo libre sobre la blanca arena de la playa, vio caer a su lado, como un fardo, el volumen grueso, negro, de sutiles páginas amarillentas, se dio cuenta de que había expresado, sin saberlo, su última voluntad y clamó al cielo, por el que se alejaban para siempre sus captores, irreversiblemente arrepentido de la mala costumbre de hablar por hablar.
Cábalas
Los primeros días en la isla desierta se le fueron en tareas que denominaremos domésticas, encaminadas a asegurarse el abrigo y la manutención, y resultó ser más hábil en esos menesteres de lo que cabía esperar de un tipo como él, tan urbanita, tan intelectual, tan torpe en el uso primordial de las manos, y las semanas siguientes las dedicó a recorrer todo el territorio tomando buena nota de sus recovecos, sus riesgos, sus posibilidades, pues calculaba, poniéndose en lo peor, que su estancia podía prolongarse indefinidamente. Mientras tanto la biblia permaneció casi enterrada, alejada de la orilla del mar, allá donde la arena, castigada por el sol de sol a sol, permanecía seca, caliente, protectora, y fue una suerte que aún quedase lejos la estación de las lluvias, porque, pasados dos o tres meses, el náufrago, si con rigor podemos llamarlo así, volvió sobre sus pasos, rastreó con desesperación creciente la playa, y por puro azar, como suelen suceder estas cosas, cuando ya se daba por vencido, le dio una patada al libro. Entonces lo rescató, le sacudió la arena y, feliz de recuperar el hábito de caminar con lectura bajo el brazo, regresó a la cabaña dando un rodeo.

Ateo practicante, al principio el libro le resultaba odioso y la lectura no pasaba de ser una costumbre accesoria, fruto menos del placer que de la necesidad, del miedo a perder su amada relación cotidiana con la escritura, pero en una ocasión, después de meses sumido en el silencio, se le ocurrió leerlo en voz alta y descubrió que así disfrutaba más de las palabras, lo que acabó reconciliándole con la Biblia, si no como obra revelada, sí como monumento literario.

En aquellos tiempos, su ingenio y su cada vez mayor habilidad le habían permitido asegurarse las necesidades básicas con menor esfuerzo y disponía de más tiempo para la lectura, y al cabo de dos o tres años se sabía la Biblia de corrido, mejor que muchos rabinos o sacerdotes, pero de puro hartazgo las palabras habían dejado de proporcionarle placer y ni tramas ni argumentos ni decálogos podían provocar ya en él sorpresa alguna. Por eso leía con desgana, cada vez menos, robándole día a día, con cualquier excusa, más tiempo a la lectura, y a punto estaba de perder para siempre el dichoso hábito cuando una tarde, contemplando aburrido el vuelo de una mosca, se le ocurrió leer el libro en clave cortazariana.


Sin pensárselo dos veces, con decisión y la ayuda de unos toscos carboncillos, garabateó sobre una roca pulida y resguardada un azaroso tablero de dirección en el que barajó libros, capítulos y versículos y, siguiendo la improvisada secuencia, se sentó a leer de inmediato. El resultado fue caótico e ininteligible, pero no por ello renunció al juego y poco a poco, guiándose por la intuición y su profundo conocimiento de las Escrituras, fue diseñando nuevos tableros que le permitieron disfrutar de inéditas aventuras del pueblo judío, ganando con cada intento cohesión, coherencia y perfección narrativa. El entretenimiento le duró cuatro o cinco años, hasta que en medio de la enésima campaña contra los saduceos se preguntó algo cansado si no sería posible ir más allá y leer, por ejemplo, el libro en clave borgiana, y enseguida se puso manos a la obra.

Esa vez de nada le servían la roca o los carboncillos. Lo único que necesitaba era el libro y muchas horas de concentración, tantas que comenzó a descuidar sus tareas agrícolas y domésticas. Se trataba ahora de combinar no ya capítulos, versículos o palabras, sino las puras letras, y a diario
se pasaba horas inclinado sobre una misma página ensayando saltos y espirales entre los caracteres. Acababa exhausto, decepcionado, con el cuello y los ojos doloridos, sin sacar nada en claro, pero no por ello cejó en el empeño y así, al cabo de tres años, cuando a punto estaba de claudicar, descubrió entre las letras del libro de Judit un cuento de Perrault. Ponerlo en pie no fue tarea fácil, pero al final lo consiguió y lo leyó en voz alta, recreándose con orgullo infantil en su primera victoria. Había llegado al convencimiento de que el asunto requería tanta vista como olfato y empleando ambos sentidos, husmeando con renovada energía, logró descifrar varios cuentos más, que leyó con deleite, pero luego decidió dar un paso más adelante y tras meses de esfuerzo, logró rescatar de entre las páginas de Esdras, como un sincero y agradecido homenaje, «La biblioteca de Babel». El descubrimiento del relato de Borges marcó un punto de inflexión en su aventura, le animó y en pocos meses era capaz de leer casi de corrido, arrancándole nuevos relatos a la biblia. Leyó muchísimo, y cuando acabó con Borges dio el salto a la novela. Se atrevió primero con La metamorfosis, por lo breve, pero enseguida cogió soltura y con el paso de los meses fueron surgiendo del libro, entre otros, Moby Dick, El Quijote o Guerra y paz, libros que el náufrago devoró fascinado, aunque mientras tanto la biblia se hubiese deshecho en fascículos, la maleza, devorado el huerto, la cabaña amenazase ruina, y su barba, larga y desgreñada, cubriera por completo la estrecha superficie de un vientre flaco y triste, apenas alimentado por raíces insípidas y frutos silvestres.

A pesar de tanta desidia y tanto desaliño, el náufrago sobrevivió reducido a la mínima expresión, a un seco hatajo de huesos del que apenas sobresalían los ojos ávidos y unos labios agrietados que dibujaban con fruición las palabras de más y más libros. En los siguientes diez años el náufrago leyó lo que no está escrito: poemas que soñó Cervantes, el final de célebres obras inacabadas o novelas que no alcanzó a escribir Bolaño, pero también el fruto incógnito de escritores futuros. En ese tiempo asistió apenado al tan anunciado fin de la novela, al derrumbe del teatro, a la disolución de la poesía, pero no se dejó llevar por el desencanto y enseguida vislumbró los nuevos caminos que iba abriendo la literatura. Cada vez estaba más consumido. Apenas comía y a menudo se quedaba dormido de puro agotamiento, y de la gruesa biblia solo restaba una página astrosa del libro de Job que, aun así, no podía dejar de leer y en la que, finalmente, un atardecer, de nuevo por azar, de nuevo sin quererlo, descubrió su salvación, una palabra secreta y terrible capaz de arrancar la lejana isla de sus raíces y de empujarla, surcando mares y océanos, de regreso a casa, pero a aquellas alturas estaba ya demasiado débil como para pronunciarla.

Texto de: JUAN RAMÓN SANTOS