Si el cine es el séptimo arte, el noveno es el cómic (y que conste que no le añado el octavo, porque se adelantó la fotografía por un pelo). Otra posibilidad es que el cómic sea el noveno, el décimo y el undécimo juntos. Hoy me he levantado optimista, la verdad, y me he venido arriba. Sí, ya sé, no pensamos precisamente en el arte al volver nuestra memoria atrás y recordar los baqueteados zipizapes o mortadelos de nuestra infancia. Pero lo cierto es que si la literatura o el cine nos cuentan una historia, el cómic hace lo mismo. Y, de manera similar al cine, lo hace con palabras e imágenes, una unión que viene dada en la mayoría de los casos por la asociación de un guionista y un dibujante.

Vale, vale, esto tampoco nos acaba de cuadrar con los superhéroes norteamericanos de turno, que no suelen destacar por sus guiones, dejándolo todo al efectismo de unos superpoderes que, a pesar de los maquiavélicos planes urdidos por los megavillanos, indefectiblemente conseguirán acabar con ellos, aunque sea siempre por los pelos y en el último momento. Tampoco encaja demasiado bien con los mangas japoneses, tan extraños como sus lectores, que abundan en situaciones un tanto fetichistas junto con un humor que, delicadamente, podríamos calificar de “peculiar”.

Vamos, que como leí hace poco en internet: “Si algún día nos meten en la cárcel por descargar música, sólo pido que nos separen por estilos musicales”. Pues yo pido que nos separen por gustos en materia de cómic.

A diferencia de los anteriores, el cómic europeo y el sudamericano están más bien centrados en la denominada “novela gráfica”, es decir, un género en el cual la historia es tan importante como su expresión gráfica, y viceversa.

Algunos cómics destacados saltan de tanto en tanto al cine, si bien la imagen continua tiende a dejar menos a la imaginación. Uno de esos saltos lo dio “Corto Maltés”, un personaje indefinido y misterioso como la misma vida, a la que imprudentemente tendemos a buscar una explicación. La poesía y la búsqueda eterna bañan las líneas y los personales dibujos de su autor, Hugo Pratt, que llegó incluso a hacer el viaje inverso, convirtiendo su primera novela gráfica “La balada del mar salado” en una novela... a secas.

Lo cierto es que estas películas de Corto Maltés se hicieron en un país, como es Francia, donde el cómic “para adultos” no significa que tenga carácter pornográfico (subgénero muy apreciable, por cierto), sino que goza de tanto prestigio como la novela para lectores hechos y derechos.

También fue en Francia donde se llevó al cine otro cómic: “El clic” de Milo Manara (1997). Este italiano es conocido por sus hermosas  mujeres, de piernas larguísimas, casi interminables (que hacen que la realidad envidie a la ficción), a la par que tienen una inestimable propensión a desnudarse en sus páginas a la menor oportunidad. En ese comic, Manara pasó al papel uno de los sueños de todo hombre: un aparato que hacía que la mujer que se eligiese cayera rendida de amor y deseo. El resto del comic y de la película, como siempre, sólo añade complicaciones, pero la idea de que podamos provocar el deseo más intenso a cualquier mujer con la que nos crucemos, con sólo pulsar un botón, es francamente turbadora.

El cómic y el cine vienen también unidos por el “storyboard”: una serie de viñetas que esbozan la narración de una película. Se utiliza para preparar la filmación de las escenas; le sirve de guía al director incluyendo todos los detalles de encuadres, ángulos y secuencias que se estimen oportunos. Esto nos lleva a otra importante cuestión: si es mejor el cómic llevado al cine mediante animación, o convirtiendo a los personajes de dibujo en actores de carne y hueso. Cada una de las dos posibilidades tendrá sus seguidores (y sobre todo detractores), pero si poner caras de carne y hueso a una novela es difícil sin defraudar a nadie, hacerlo con un cómic es casi imposible.

El caso es que en nuestro panorama nacional ha aparecido este año una película de animación, “Arrugas”, adaptación del cómic del mismo nombre del español Paco Roca, que ya fue Premio Nacional de Cómic en 2008. Tan difícil es hacer un cómic sobre el alzheimer (el proceso con el que esa terrible enfermedad va despojándonos de nuestra memoria, y con ella de nuestro ser más íntimo), como conseguir que un cómic sea bien llevado al cine. Eso sí, las más de 35.000 copias vendidas de la novela gráfica animaban de entrada al empeño. Vistos los premios que ha ido cosechando la película, parece que el éxito le ha sonreído.

En contraste con los hiperhéroes americanos, los protagonistas de películas y comics europeos y sudamericanos parecen tener siempre más preguntas que respuestas... Eso me recuerda lo que me dijo un amigo hace ya años: que el gran mérito de los griegos, los padres de nuestra civilización, no fue encontrar respuestas (por otro lado muy apreciables) a sus preguntas, sino precisamente plantearse por primera vez las grandes cuestiones, que todavía hoy nos hacen asomar al vacío: ¿Quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos?

Texto de: JOSÉ M. RODRÍGUEZ GIMENO
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